
Hubo una época en la que, desde mi más absoluta ingenuidad, pensé que el debate político sería un intercambio de argumentos tras el que la balanza se inclinaría hacía el lado más razonable. Pero es evidente que no es así. Los partidos políticos españoles marcan unos argumentos férreos sobre los que pivotan las declaraciones de líderes y sublíderes, lideresas y sublideresas, sean o no lógicos, sean o no verdaderos, sean o no justos. Y el que se mueve, como decía en su época Alfonso Guerra, no sale en la foto.
El esperpento protagonizado por alguna miembro del Gobierno de cuota en relación a la ley del aborto ha alcanzado un nivel realmente patético cuando la ministra Bibiana Aído, con todo su desparpajo, aseguraba que un feto es un ser vivo, pero no humano. Para la andaluza debe de pertenecer a la especie de las anémonas o de los cefalópodos. Debería aclarárnoslo.
La última de esta mujer, compartida por su compañera de partido y de Ejecutivo Trinidad Jiménez, es la de asegurar que en España se gobierna desde el Parlamento y no desde los púlpitos. Es una confusión, porque el Parlamento no gobierna, legisla. Quien gobierna, y valga la redundancia, es el Gobierno.
Pero es que a este Ejecutivo nacional de cuotas le escuece cada vez que los obispos abren la boca. Que más les da a ellos si no son creyentes, si van a aprobar leyes según sus criterios sin escuchar ni a la calle, si van a seguir en sus trece. ¿O es que acaso les remueve en algo la conciencia? Es dudoso, porque si así fuera deberían replantearse muchas de sus actitudes.
Lo he escrito muchas veces, pero lo repetiré porque es preciso decirlo. La Iglesia no sólo tiene el derecho a manifestar sus criterios en asuntos que afectan a la moralidad y la ética, sino que tiene la obligación de hacerlo. Y no se puede pretender que cuando se ataca una de sus posiciones fundamentales frente a la vida, los obispos callen. Es más, el resto de los católicos deberíamos ser profundamente batalladores en este sentido porque va contra nuestros principios.
Y no vale aquello de soy creyente no practicante y esta ley es necesaria para garantizar la seguridad jurídica de la mujer. Porque el creyente sabe que la vida, desde el momento de su inicio en el vientre materno, es un regalo que no nos pertenece, un regalo que debemos cuidar con total entrega como si en ello nos fuera la vida, un regalo que nos dará muchas alegrías y muchas preocupaciones, pero que nos hará crecer como personas. Y que busquen alternativas a la execrable práctica de la eliminación de vida prenatal, que las hay.
Mucho nos escuece cuando recordamos que en Esparta a los niños débiles, enfermos o con cualquier defecto los arrojaban por un precipicio. Pensamos que eran unos salvajes. Con el paso de las centurias, nuestros futuros descendientes es posible que consideren la práctica del aborto como un acto de barbaerie propio de pueblos primitivos. Si así sucede, queridas ministras. habremos avanzado mucho.
Antoni Martín




