
Veinte años atrás asistiamos al nacimiento de una nueva era para muchos europeos, que habían padecido regímenes totalitarios, una férrea disciplina militar, la anulación por decreto de cualquier manifestación religiosa en público, una burocracia enorme que dificultaba cualquier evolución y el advenimiento de una casta dominante que bajo las siglas del comunismo se convirtió, de hecho, en nuevos señores feudales de aquellos territorios. Caía el Muro de Berlín, símbolo de toda una afrenta a la Humanidad entera, kilómetros de hormigón y torres de vigilancia, de alambrada de espinos, de nidos de ametralladoras. Un sistema que costó la vida a personas por el solo hecho de querer pasar al lado occidental.
Hoy tendemos a olvidar a los actores de aquel profundo cambio. Desde la izquierda sólo se recuerda a Mijaíl Gorbachov o a Henry Kissinger. Pero no podemos olvidar el papel determinante del entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, o el del papa que vino del Este, Juan Pablo II, gran conocedor de los padecimientos de los polacos en aquellos años oscuros que él tuvo que sufrir en sus propias carnes.
Titula hoy un medio de comunicación español muy, pero que muy adicto al Gobierno de Rodríguez Zapatero, que el capitalismo y la democracia pierden apoyo en la Europa del Este. Y puede que sea cierto en la medida en que la memoria colectiva es muy olvidadiza de las penurias pasadas y muchos jóvenes no pasaron bajo la sombra de aquellos totalitarismos. También es cierto que se levantaron, tal vez, expectativas demasiado amplias, poco realistas. Pero, sin duda, es mejor lo que hoy tienen que lo que tuvieron entonces.
Pero el mundo sigue y continúa habiendo otros muros. China sigue pisoteando los derechos humanos, Cuba es un anacronismo que sufren sus ciudadanos de manera especial, el terrorismo islamista campa a sus anchas y combatirlo está resultando muy complejo, el conflicto palestino-israelí sigue ahí larvado, las guerras tribales en África siguen estando al orden del día, sigue habiendo hambre en el mundo, sigue habiendo regímenes que juegan peligrosamente con la amenaza nuclear y podríamos seguir enumerando tantas y tantas cosas que aún debemos superar, que la lista se nos haría casi interminable.
Lo evidente es que si algo pudo acabar con el Telón de Acero fueron las profundas convicciones morales de todos aquellos pueblos. Si nos instalamos en la comodidad y sólo queremos ver lo inmediato es imposible que avancemos en la senda correcta. Y tal vez esto es lo que nos está sucediendo en la Vieja Europa. Hemos perdido de vista la perspectiva histórica por la falta de valores.
Antoni Martín




