lunes, noviembre 09, 2009

La caída del Muro de Berlín y otros retos


Veinte años atrás asistiamos al nacimiento de una nueva era para muchos europeos, que habían padecido regímenes totalitarios, una férrea disciplina militar, la anulación por decreto de cualquier manifestación religiosa en público, una burocracia enorme que dificultaba cualquier evolución y el advenimiento de una casta dominante que bajo las siglas del comunismo se convirtió, de hecho, en nuevos señores feudales de aquellos territorios. Caía el Muro de Berlín, símbolo de toda una afrenta a la Humanidad entera, kilómetros de hormigón y torres de vigilancia, de alambrada de espinos, de nidos de ametralladoras. Un sistema que costó la vida a personas por el solo hecho de querer pasar al lado occidental.

Hoy tendemos a olvidar a los actores de aquel profundo cambio. Desde la izquierda sólo se recuerda a Mijaíl Gorbachov o a Henry Kissinger. Pero no podemos olvidar el papel determinante del entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, o el del papa que vino del Este, Juan Pablo II, gran conocedor de los padecimientos de los polacos en aquellos años oscuros que él tuvo que sufrir en sus propias carnes.

Titula hoy un medio de comunicación español muy, pero que muy adicto al Gobierno de Rodríguez Zapatero, que el capitalismo y la democracia pierden apoyo en la Europa del Este. Y puede que sea cierto en la medida en que la memoria colectiva es muy olvidadiza de las penurias pasadas y muchos jóvenes no pasaron bajo la sombra de aquellos totalitarismos. También es cierto que se levantaron, tal vez, expectativas demasiado amplias, poco realistas. Pero, sin duda, es mejor lo que hoy tienen que lo que tuvieron entonces.

Pero el mundo sigue y continúa habiendo otros muros. China sigue pisoteando los derechos humanos, Cuba es un anacronismo que sufren sus ciudadanos de manera especial, el terrorismo islamista campa a sus anchas y combatirlo está resultando muy complejo, el conflicto palestino-israelí sigue ahí larvado, las guerras tribales en África siguen estando al orden del día, sigue habiendo hambre en el mundo, sigue habiendo regímenes que juegan peligrosamente con la amenaza nuclear y podríamos seguir enumerando tantas y tantas cosas que aún debemos superar, que la lista se nos haría casi interminable.

Lo evidente es que si algo pudo acabar con el Telón de Acero fueron las profundas convicciones morales de todos aquellos pueblos. Si nos instalamos en la comodidad y sólo queremos ver lo inmediato es imposible que avancemos en la senda correcta. Y tal vez esto es lo que nos está sucediendo en la Vieja Europa. Hemos perdido de vista la perspectiva histórica por la falta de valores.

Antoni Martín

sábado, noviembre 07, 2009

De la Obamanía a la decepción


Fue como una eclosión, como una ráfaga de luz brillante en un universo oscuro y tenebroso. De la difícil etapa de George W. Bush se entraba en una nueva era, la de Barack Obama, hombre con una enorme y dinámica oratoria, capaz de enardecer masas y levantar ánimos, capaz entonces de generar esperanzas. En Europa se aplaudía el relevo con bastante más ilusión que los propios americanos. Y en España, muchos papanatas pseudoprogres pensaban que era el advenimiento de un nuevo mesías político que iba a redimir todas las culpas de la izquierda e iba a enarbolarla hasta situarla en lo más excelso, lo más incuestionable.

Pero somos humanos y la realidad es muy tozuda. El presidente norteamericano se ha dado de bruces con ella, su reforma sanitaria ha encallado, sus medidas económicas frente a la crisis tienen una efectividad limitada y no tan rápida como quisieran sus compatriotas y, en política exterior, los cambios han sido leves, apenas apuntes. Hoy podemos asegurar que no es el mismo caso de John Fitzgerald Kennedy. Su oratoria grandilocuente puede quedar sólo en sofismas sin aplicación posible a la cotidianeidad. Y eso, los estadounidenses empiezan a temérselo.

Sumemos a ello la controversia de la concesión 'en previsión de' del Premio Nobel de la Paz, algo que más que darle alas le ha restado puntos. Su popularidad cae y los primeros comicios que se celebran a un año de su elección han sido un varapalo para los demócratas. Y no está nada claro que les vaya a ir bien en las próximas legislativas.

Sigue con temas encallados fuera de sus fronteras. Guantánamo sigue ahí. Afganistán es un avispero al que quiere mandar más tropas con la colaboración de otros países aliados, inclusive los que allende el océano con Bush bramaban un no a la guerra. En Oriente Próximo estamos muy lejos del entendimiento entre Israel y los palestinos. La relación con Europa comienza a enfriarse a pasos agigantados. Sólo en la patria de lo quijotesco quedan ingenuos capaces de seguir adorándolo como si fuera un dios.

Es preciso que Obama aterrice, tome conciencia de lo que realmente tiene entre manos, y comience a pilotar la nave de forma coherente y segura. De lo contrario éste va a ser un 'inpasse' similar al de Jimmy Carter.

Antoni Martín

viernes, noviembre 06, 2009

Alakrana, una historia de despropósitos


Pescar en Somalia es una profesión de riesgo. Hacerlo si eres español es una invitación a la captura. Y si, encima, te toca un juez como Baltasar Garzón u otro como Santiago Pedraz, encima le facilitamos los chistes al enemigo. Toda esta historia sería un esperpento valleinclanesco si no fuera por lo que están sufriendo los familiares de 36 tripulantes del Alakrana, buque que lleva la friolera de 35 días en manos de piratas somalíes.

Todo se ha gestionado rematadamente mal. En una fase inicial podía desde pagarse un rescate sabiendo que ello traería la consecuencia de nuevos y más frecuentes secuestros. O podía intentarse realizar una operación militar limpia con un escaso porcentaje de riesgo para nuestros conciudadanos y sus compañeros del barco. Pero comenzaron los despropósitos cuando el juez estrella de la Audiencia Nacional, en una de sus conocidas garzonadas, ordenó el traslado a España de dos secuestradores apresados por la Armada, limitando mucho la capacidad de maniobra de las autoridades en aquellos momentos.

El patético peregrinar de uno de ellos por orden del 'pijoprogre' Pedraz por ver si era menor o mayor, yendo de un juzgado a otro, de un médico a otro, midiendo homoplato por aquí u homoplato por allá, de la Fiscalía de Menores a la audiencia y viceversa, no ha sido más que una opereta que ha puesto de los nervios a los captores.

Finalmente, la acción de los piratas de trasladar a tierra a tres de los marineros y dar un ultimátum para que se les devuelva a sus dos compañeros de pillerías, no ha hecho más que poner las cosas muy complicadas. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero montó un gabinete de crisis encabezado por María Teresa Fernández de la Vega sólo cuando aconteció esto último, es decir, sumamente tarde. La ministra de Defensa, Carme Chacón, parece no saber cómo afrontar este desaguisado. Ahora las posibilidades de una operación militar con bajo riesgo se han esfumado y ceder al chantaje es una invitación a que nos sigan secuestrando barcos y esquilmando a los armadores, pesqueros y pescadores de nuestro país.

Este desastre de gestión no tiene ya remedio. Ahora queda la difícil y compleja tarea de traer sanos y salvos a los secuestrados a España, pero como no le echen imaginación o seremos el hazmerreír de medio mundo o acabaremos lamentando la pérdida de alguna vida humana. Esperemos que todo salga bien, dentro de lo que cabe esperar.

Antoni Martín

España y su Leviatán


Los padres, llamados progenitores por obra y gracia de una modificación legal hecha al más puro estilo de 'Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio', tienen en España el paraiso de la esquizofrenia, la sinrazón de un monstruo que devora sus capacidades y la sombra de los servicios de menores al acecho de cualquier pecado venial que puedan cometer contra la religión de lo políticamente correcto.

Es cierto que, años atrás, los niños obedecían sin chistar a cualquier persona mayor bajo pena de recibir un cachete o reprimenda paterna o materna por falta de respeto. De un tiempo a esta parte, los menores han espabilado hasta el extremo y mandan a hacer puñetas a cualquier persona de más años por el simple hecho de mirarle a los ojos desafiante.

Sucede que, en lugar de llegar al preciso equilibrio para que no se dé n una cosa ni la otra, sino la mesura y el equilibrio preciso, papá Estado ha entrado como elefante en una cacharrería. Hasta tal punto que un padre o una madre no puede arrearle un zapatilllazo al niño que le ha quemado la casa porque será acusado de maltrato infantil. No nos extrañemos si luego queman autobuses.

Ahora, si un niño está obeso, los servicios sociales gallegos entran a saco y pretenden hacerse con la custodia para ponerlo a régimen por orden de un fiscal del que Dios nos libre si nos comemos una 'Big Mac'. Y a los padres, pobres y desesperados que les vayan dando. Hasta tal punto llegan que ya asimilan que si es o mejor para el crío, lo van a entregar. Y a mi me da pena.

El Leviatán en que se ha convertido este Estado zapateril, con este férreo control de los ciudadanos y de cuanto hacen o dicen (véase el control por el sistema Sitel de las conversaciones telefónicas de todos nosotros), anula libertades de las que se dice garante. Porque ¿desde cuándo el Gobierno de una nación tiene derecho a arrogarse la educación de los niños por encima de los padres?

Es cierto que hay que proteger a los menores. Y castigar con contundencia a quienes abusen o maltraten a uno de ellos. Pero no se puede consentir que lo que es un derecho y un deber de padre y madre quede anulado por aplicar unos criterios legales dudosos o absurdos.

Creo que un tal Jesús dijo aquello de:"La ley debe estar hecha para el hombre, no el hombre para la ley". Pero parece que hay algunos ineptos empeñados en no entenderlo.

Antoni Martín

El crucifijo y sus auténticos valores


La sentencia del tribunal de Estrasburgo sobre la presencia de un crucifijo en un aula de un colegio público debe respetarse y acatarse. No hay lugar a dudas de que la ley debe ser asumida por los ciudadanos. Pero lo que más duele no es este hecho sino los múltiples comentarios sobre la cruz, la Iglesia o el mismo Jesús que aparecen en los medios digitales. Son afirmaciones muy alejadas de la realidad, que manifiestan, cuando menos, un desconocimiento profundo de la riqueza espiritual que nos ha aportado el cristianismo a Occidente o, en el peor de los casos, un odio visceral a la religión o al mismo Dios.

He llegado a leer afirmaciones como que la cruz es la exaltación 'gore' del tormento en presencia de los niños, cuando realmente es símbolo de la total entrega hacia los demás, de sacrificio supremo por amor a todos y de absoluta confianza en un Dios que es padre bueno y que nos acoge ahora y tras la muerte. He podido ver tremendas invectivas contra los padres católicos por la temprana educación que les damos en nuestros hijos en lo que estos no creyentes consideran un adoctrinamiento de inocentes en fantasías inexistentes. Acaso no valoran que para nosotros estas realidades son más válidas que muchas de sus ideas, tendencias, partidos políticos o modas. He podido apreciar como se afirmaba sin pudor que la religión coarta la libertad de las personas, cuando para los creyentes católicos esa es la "verdad que nos hará libres" .

Es cierto que como en toda comunidad la Iglesia tiene sus errores y sus equivocaciones en la historia, pero eso no debe hacer que no veamos su profunda e importante labor al lado de los pobres, de los marginados, de los presos, de los necesitados, de los parados, de los más débiles, de los enfermos, de quienes más sufren. Y todo ello porque nos los hizo ver un hombre que murió crucificado y es símbolo de todo esto, amén de que le consideremos el hijo de Dios.

Este mundo occidental está demasiado acostumbrado a resolver que los humanos todo lo sabemos y todo lo podemos, que no hay nada más allá de la ciencia, nada más allá de la razón, nada más allá de nuestra enorme capacidad intelectual. Pero lo cierto es que cuanto más descubrimos, más vemos nuestras enormes limitaciones y nos damos cuenta de las lagunas que existen y seguirán existiendo para explicar la vida misma. No, no somos dioses, ni debemos querer serlo. Nuestro poder, si es que alguno existe, es temporal, fugaz, terreno, frágil e imperfecto.

En estos tiempos de negación, cuando muchos vuelven sus ojos a espiritualidades orientales, brujerías, prácticas mágicas o a la simple anulación de lo divino y la exaltación de lo humano y de los humanos, es hora de poner en valor aquello que Dios nos otorgó durante siglos tras la venida de Cristo. Y esa espiritualidad es muy rica, tremendamente vivificante, una ayuda enorme para encarar el vivir cotidiano y sus dificultades. Y todo esto puede hacerse con la ayuda de la Iglesia actual y bajo el signo de la cruz.

Antoni Martín