

Estamos a las puertas de los días que llenan de mayor sentido la fe católica, aquellos en los que se conmemora con gran fervor en muchos rincones de la geografía española la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Y, este año, la efeméride viene marcada por la iniciativa de que las cofradías de Semana Santa luzcan lazos blancos como manifestación de su oposición a la ampliación de la ley del aborto planteada por el inane Ministerio de Igualdad de Bibiana Aído.
Desde algunas de estas asociaciones se ha manifestado que nada tienen que ver las procesiones con estos posicionamientos, puesto que lo consideran poco más que una atracción para los turistas (caso de Palma de Mallorca) o algo que no debe tener nada que ver con la política (algunas confradías andaluzas, por ejemplo).
Son posiciones que demuestran cuán a las claras se alejan de la auténtica fe y de la raíz misma de la doctrina de Jesús. De hecho, las procesiones son grandes manifestaciones de fe y de fervor, con una carácter notablemente público. El que participa en ellas, no está contribuyendo a un espectáculo, está manifestando su adhesión a una fe y a una manera de pensar y de vivir.
En este sentido, esto es absolutamente indesligable de lo que acontece a nuestro alrededor. El cristiano, el católico, no puede pensar que su fe es ajena a la política, es más, debe interactuar con ella, debe expresarse y manifestarse de acuerdo con su fe y su conciencia. El hombre de fe debe mantener una única adhesión inquebrantabe, a Jesucristo, camino, verdad y vida. Y si ello supone entrar en colisión con las preferencias políticas, debemos escoger sabiendo que no podemos servir a dos señores. En tiempos de la guerra de Irak, los católicos debíamos oponernos a la beligerancia. Hoy, nos toca oponernos al criminal intento de abrir las puertas a la eliminación de la vida de las criaturas más inocentes, los no nacidos. Poner excusas para no luchar por ello es renunciar a defender los más elementales principios sobre los que se sostiene la moral de la fe en el que creemos que es el Hijo de Dios. Pero es evidente que los resortes del poder pretenden que nuestras creencias queden relegadas al ámbito de lo privado para que no les estorben. Yo no pienso dejarme. Los cofrades de la Semana Santa, ya veremos.

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