
Con la mirada perdida en el mar contemplaba aquel último atardecer. El sol teñía de rojo las nubes en aquella tibia tarde del mes de octubre. La superficie del agua apenas se movía por una ligerísima brisa que la acariciaba suavemente. Era el postrer momento, la hora de decir adiós. Tras él, una inmensa mole de siete plantas, una piscina vacía y unas palmeras que sobresalían de un césped cuidadísimo. Había sido su hogar durante los últimos cuatro meses. Allí vivió, sufrió, lloró, rió y... trabajó. Otros años había bastado un simple 'hasta la vista' porque existía la certeza de un regreso a la temporada siguiente.
Sí, se alegraba de volver a su tierra, pero por dentro le reconcomía la tristeza, la melancolía, como si sus ojos se hubieran posado sobre un paisaje que quisiera retener para no olvidarlo, como si se hubieran posado sobre algo que ya no habría de volver a ver. Y, además, se añadía el sufrimiento de la incertidumbre, de no saber cuál iba a ser su futuro. Como si casi no le quedaran fuerzas, subió al autobús que le había de conducir hasta el aeropuerto, se sentó junto a la ventanilla y siguió contemplando casi con fervor todo cuanto cruzaba por delante de su vista, incluso la que iba a ser su última playa, la última que vería en años.
Al cabo de unos días, se encontraba en plena calle, detrás de un ecuatoriano de unos veinte años y delante de una chica de unos cuarenta. Pero había muchas otras personas, era una cola inmensa. La oficina de empleo no daba a basto. Y, mientras una lágrima cruzaba sus mejillas, recordó que su padre también había pasado por eso, sólo que treinta años antes. Y ahora sus ojos reflejaban aquella misma tristeza, aquel mismo sentimiento de inutilidad, aquella desesperanza, como si, de pronto, se hubieran unido y resurgido frenta a él todos los fantasmas del pasado.
En memoria de mi padre, fallecido el 20 de diciembre de 2004, que fue víctima de la crisis del petróleo de los años 70, similar a la que hoy atravesamos.
Antoni Martín
Antoni Martín

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